LA NOTA ESPECIAL: El mundo sobre ruedas, la segunda vida de Andrés

Cuando tenía 13 años, Andrés Reyes perdió la movilidad de sus piernas luego de un ataque armado fuera de su casa. Hoy, siete años más tarde, su silla de ruedas es una extensión de su cuerpo que ahora lo utiliza para jugar baloncesto y levantar pesas de forma profesional.

Por: Pavel Gerardo Vega pvega@elperiodico,com.gt

 

Comenzar la adolescencia en 2010 en El Porvenir, Villa Canales, significaba pertenecer a una mara o tratar de vivir una cotidianidad de un muchacho normal, sabiendo que se podría ser víctima directa o colateral de la violencia entre pandillas. Era 13 de febrero, hacía un mes que Andrés apenas iniciaba el segundo año de estudios básicos.

Para él y su hermano mayor, en ese momento de 16 años, era una actividad rutinaria salir a la calle frente a su vivienda para participar de la chamusca del sábado por la tarde. Eran aproximadamente ocho adolescentes jugando fútbol.

Días antes, el barrio se había conmocionado por una balacera masiva durante un velorio. Era un ataque entre maras, ese tipo de ataques que mantienen a la sociedad atemorizada por las noches y escudada tras candados y rejas. El funeral era para conmemorar a un pandillero, la agrupación contraria había advertido a la familia que no lo velaran, aunque ellos obviaron la amenaza. Pero, los mareros opositores no.

Después de un tiempo jugando la chamusca, Andrés y sus amigos descansaron. Algunos se recostaron en los muros, otros se sentaron en las gradas de las puertas aledañas.

Unos minutos pasaron cuando las risas y las pláticas fueron arrebatadas por gritos y disparos.

Un joven de entre 17 y 22 años decidió atacar al grupo de Andrés. Fue una balacera que dejó tres heridos. Una tarde que había comenzado bien, terminó en angustia y dolor.

Su madre, quien estaba dentro de la casa, corrió al oír el escándalo porque sabía que sus hijos se encontraban afuera jugando. Andrés recibió dos impactos de bala, uno en el pecho y otro en el brazo. Mientras que su hermano mayor recibió uno en la pierna.

“Yo recuerdo que me dispararon, vi todo blanco, luego miraba brilloso, recuerdo que el bombero intentó cargarme, pero ya no pude pararme”, relata Andrés mientras se frota las manos para calmar los nervios de volver a contar el hecho que cambió su vida para siempre.

El aro y la pesa, una nueva vida

A Andrés le diagnosticaron paraplejia. Luego de más de cinco años de terapia, ahora disfruta de nuevas formas de recreación y formación. Su silla de ruedas es una parte de él y, desde marzo del año pasado, llegó a las canchas de Gerona en la zona 1 para aprender baloncesto paralímpico.

Es domingo de entreno junto a algunos compañeros de su equipo y otros que pertenecen a la Selección Nacional. Son unos diez jugadores que persiguen el balón desde sus sillas de ruedas deportivas. La fuerza que han acumulado en los brazos les apoya para desplazarse con soltura en la cancha, rebotar la pelota y tratar de encestar. Es ver la dinámica de un entreno de baloncesto regular, pero sin tener los saltos largos de los defensas tratando de cubrir la canasta.

Andrés es tímido y se nota en su entreno. Poco hablar, mucho practicar. En ocasiones se mantiene en solitario para mejorar su tiro. El entrenador lo observa, le riñe. “Así no, esa posición no”, le increpa. Andrés presta atención. “Pídale dinero a su papá”, le enfatiza el entrenador para que él mueva la posición de su mano para que asemeje una petición de dinero. El entrenador le explica que no debe mover todo el brazo para hacer el tiro, sino solo la mano con un leve movimiento de muñeca.

Luis del Cid ha sido entrenador de baloncesto escolar desde hace 25 años, trabaja en la Dirección General de Educación Física del Ministerio de Educación, pero los domingos auxilia al profesor titular de la Selección Paralímpica gratuitamente. Han sido 12 años los que se ha dedicado a formar jugadores paralímpicos desde que se especializó en Argentina, cuenta Del Cid.

En el entrenamiento dominical se percibe cómo Del Cid no trata de menos a sus jugadores, es decir, mantiene una postura rígida y estricta. Si un jugador perdió el balón debe ir a traerlo por cuenta propia, si alguien se cae debe levantarse por sí mismo. Es el principio de la normalización, explica en la entrevista. “Yo no los trato diferente, yo no veo personas con discapacidad, veo jugadores de baloncesto a quienes estoy entrenando”, dice.

Las reglas del juego son básicamente las mismas. Aunque se distinguen algunas, cuenta el entrenador. Los jugadores que sí tienen movilidad de cadera tienen prohibido levantar el trasero del asiento para hacer un tiro. Todos deben permanecer sentados por principio de equidad. Además, a cada jugador se le asigna un nivel que corresponde con sus facultades físicas.

El nivel 1 es quien tiene menos funcionalidad y el 4 y medio es el que está más cerca de la normalidad. Así, por ejemplo, alguien que tiene el pie amputado tiene muchas más facilidades para jugar, por tanto se le asigna el nivel 4 y medio.

A partir de estas asignaciones se compone un equipo de baloncesto paralímpico. Cada grupo está compuesto por cinco integrantes, quienes en conjunto deben sumar 14 puntos o niveles. Es decir, cada equipo debe tener la misma capacidad para enfrentarse a otro. Cada nivel se asume como punto, entonces, como ejemplo para sumar 14 podría haber dos de cuatro y medio, que suman nueve, dos con nivel dos, que suman trece, y uno con nivel uno, que ya son 14.

Y para cambiar por alguien de la banca, el entrenador debe tener astucia para saber sumar cada punto de su equipo y equilibrarlo en la competencia.

Pero, Andrés no solo se ha instruido en el baloncesto, también desde hace poco más de un año se ha interesado por el levantamiento de pesas. Hace una semana quedó en segundo lugar de una competencia realizada en la Ciudad Olímpica.

La batalla de Andrés

Llegar a esta etapa de su rehabilitación en la que pueda desempeñarse por sí mismo costó y mucho. Luego del accidente pasó un mes en el hospital Roosevelt y poco más de seis meses acostado en su cama. Fue en 2013 que comenzó una terapia en el Roosevelt y luego pasó al Hospital de Rehabilitación Jorge Von Ahn.

En este último conoció al personal de la Cruz Roja Guatemalteca y se enteró de las clínicas que ellos apoyan para víctimas de violencia. Andrés obtuvo ayuda en el Centro de Atención Integral en Villa Nueva, que brinda acompañamiento psicológico a este tipo de víctimas. A este lugar acude cada mes desde hace algunos años para platicar con un terapista sobre el hecho ocurrido. Además, también lo han apoyado con las terapias físicas en la Clínica de Ortopedia y Rehabilitación (Clorsa), en donde le han facilitado el aprendizaje del manejo de la silla, además de las terapias regulares. Estos dos programas son financiados por el Comité Internacional de la Cruz Roja y están capacitados para atender a las víctimas de forma gratuita.

Para Andrés la vida no es fácil ahora, pero tiene esperanza y fuerza. Acaba de culminar el segundo año de Básicos, juega en dos equipos deportivos y está pensando en prepararse más para trabajar en el futuro.

Aunque las calles son obstáculos y no facilidades, Andrés no se intimida y las recorre solo. Desafía el kilómetro y medio de la colina que debe subir desde su vivienda en la zona 6 para llegar al Transmetro y sigue a veces por las aceras, a veces por las calles, su camino a los entrenos o al colegio. Porque Andrés no sabe descifrar si la vida que tiene ahora sería mejor o peor que la que hubiera tenido, solo sabe que es la que tiene y la debe aprovechar.

EL PERIÓDICO